EN FICCIÓN

Doce y doce.

La música.

No es una cuestión de perder tiempo: todo lo contrario. Nos merecemos más tiempo y música, más sinrazón. Menos espacios de lógica. Ahora que estamos reunidos pero tan desunidos. Ahora que nos creemos tanto siendo tan poco. Me divido, me parto en un rayo: soy dios.

Espero que algún día el calor de cientos de tristezas me conviertan en un tipo alegre, desconfiado, desgarrado, sin embargo; pero hambriento y caminante y sopesando la gracia del resto, de los otros.

Las guitarras, el eco sonriente, frío y caliente, desnudo, la voz que se cae y se apaga, que es como un chillido malévolo, siniestro, pesado como un pecado. Como un pescado.

Una imagen salada: despierto y me he convertido en una cucaracha. Respiro, tengo una boca, y en mis ojos comparten un solo espacio la rabia y la resignación. Tengo un casco, las uñas pintadas, un terno gris aparta el cáliz de todas mis podredumbres. El terno es gris, la gracia es eterna. Bajo mi rostro, el brillo de una laguna maravillosa, llena de orín.

El grito es desgarrador. Y la escritura, mínima. Hemos estado perdiendo el tiempo, le dije. Pero lo hemos aprovechado, o algo así, me respondió. Mete la llave, enciende el auto, pone primera, lo apaga. Creí que teníamos algo, pero hemos perdido el tiempo, repito.

No nos dejamos de querer, simplemente algo nos alejó.

No es que nos hubiéramos dejado de querer, es que algo simplemente nos alejó.

Simplemente nos dejamos de querer, no es que simplemente nos alejáramos.

El auto se enciende, el eco de una sonrisa nos lleva de encuentro: es difícil sentirlas alrededor, como demonios que flotan sobre nuestros cadáveres, mientras sabes que nos espían, mi amor.

Nos han entregado el regalo del espacio.

Son las cero con cuarenta y dos. No hay más qué decir salvo esto: tengo y prefiero cerrar los ojos.

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La música se enciende, es como un rebote, un disparo, como todas esas cosas que, cuando niño, te asombraban. O te atemorizaban. Julio no recuerda cuándo fue exactamente el momento en que de la guitarra pasó a leer diarios y a perderse todo lo que valía realmente la pena. Pero se imagina que quizá fue al poco tiempo de salir del colegio. Ya no había marihuana, esas tonterías de viernes que por las noches solían armar en casa de un amigo, en La Molina, ese parque viejo e inmenso en donde todos los ricos se van a podrir hasta que los entierran.

Es un sujeto deprimido, pero al que la música le gusta. Le gusta el color, la melancolía, las desfachateces, la imagen en blanco que aparece después de cada gran momento. La melancolía, palabra tan exacta, tan menor, como un cabello. La barra azul que me indica varias cosas: cantidad de páginas, cantidad de palabras, idioma, modo de lectura y diseño de impresión, acercar o alejar.

El bus se detuvo en el paradero 58 y la música, breve y potente, era La Hermana Menor. Había descubierto sus canciones una noche cualquiera en que, sentado en su pequeña oficina, terminaba de conversar con un viejo amigo y, de pronto, por la ventana del chat, explotó el link de una canción que era como un tango pero en clave de Joy Division. Potente, austera, triste, suicida, inmortal. La guitarra nos recordaba a uno de esos viejos amigos con los que crecimos, de esos que nos habían ilusionado con armar una banda, y entonces tú te comprabas la batería, el otro el bajo y tú te resignabas a cantar. Y ni siquiera tanto, porque tu padre al final te regaló una guitarra en Navidad y fuiste feliz, más feliz incluso que el amigo ese a quien para colmo no le regalaron nada, o al otro al que sí le dieron la batería pero a las dos semanas se aburrió de verla y la despedazó  y pronto nadie volvió a hablar más de la banda. Tú, igual, seguiste con la guitarra, y tres años después, recién después de que se te pasó la tristeza y estabas ya en otro país, aprendiste a tocarla y entonces cada canción era necesaria y justa y debías tenerla, aprenderla, aprehenderla y deshacerte de ella en un instante. En lo que dura una canción punk.

Era hora de hablar con los perros y felizmente la cordura había tocado fondo. Por entonces era difícil reconocer cada pedazo de intimidad que nos rodeaba. Una pequeña muerte que arreciaba sin prisa, un desvarío solitario que se apretujaba en cada uno de tus chistes. Era tonto, de por sí, pero había que apurarse si no queríamos morirnos de frío en ese parque, en esa música, en esa guitarra, en esa canción.

En Joy Division.

Y sin embargo, nos habíamos mantenido juntos por algo: era difícil lograr que la canción fuera más lenta que nuestras voces sobre la carretera. El auto no llegaba a los paraderos 58, pero era capaz de volar a cualquier año y ese año, entonces, es el 2013. El 29 de marzo. Las doce y doce.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 10:12 p. m., ,

PAISAJE DE ESTOCOLMO

(ficción)

Despierto y siento cómo de pronto la sombra de mi juventud se esfuma. Miro el techo helado, blanco, por el que no entran los ruidos ni la memoria. Mis primeros olores son los del aliento de Matilde, que aún sueña. Los únicos ruidos aquí son los de su respiración, que no perturbo. Descorro la sábana para tocar sus piernas envejecidas por la enfermedad, siento sus vellos gruesos, desordenados, masculinos, la frialdad que de a pocos la aproxima a la muerte. Aún puedo sentirla, pero el día se la irá llevando, lentamente, y a la noche casi nada tendré de ella. Apenas una imagen débil, acaso un errado holograma, o lo que sea.
Siento las texturas de su piel arañada, pegajosa. Acaricio su cuerpo escuálido, pequeño. Lo hago despacio, como para que, en sus sueños, tal vez, me sienta. Juego una vez más con el eco de nuestra tragedia. Matilde, susurro. Si algo así como la ficción pudiese existir aquí, ahora, me gustaría ver únicamente sus ojos abriéndose, sus dos grandes ojos azules y una sonrisa, su sonrisa, atravesándome el cuerpo, y una voz, su voz, diciendo mi nombre.
De pronto, es como si me hubiese oído. Inquieto, su cuerpo tiembla por unos segundos y vuelve, finalmente, a quedarse como estaba, desparramado sobre el colchón. Paso una mano por su cuerpo y noto que su piel empieza a humedecerse. Pasa siempre. Quito las pocas ropas que lleva encima; su cuerpo desnudo y temeroso se me ofrece ahora como una pesadilla aberrante: antes era curvo y deleitable, hoy es solamente un amasijo de huesos y carnes que se retrae sin fatiga. Las pequeñas gotas empiezan a correr por su estómago, la mayoría de ellas se desvanece con el aire. Las sábanas reciben su líquido frágil, salado.
Me paro, sin hacer ruido, y camino, como a diario, y no me detengo hasta llegar al espejo.
Soy el mismo hombre.
Un hombre que se repite.


Nunca podremos estar seguros de nada, me ha dicho cientos, miles de veces.
Él lleva una camisa blanca. Es flaco, luce más viejo de lo que realmente es. Siento como si le conociera de toda la vida, y además como si no estuviera de acuerdo con nada de lo que dijese.
Es joven, añade, si quiere, puede luchar.
Entonces, guarda uno a uno sus instrumentos, y un minuto después se dispone a dejarnos.
Podríamos fácilmente enviarla a un sanatorio, dice, aunque personalmente optaría llevarla a mi hospital. Allí su mujer estaría bajo mi cuidado y no tendría usted que preocuparse por nada.
Cierro la puerta. Entiendo que no podré volver a abrirle luego de eso. De algún modo, sus palabras han sido nuestra despedida. Una despedida extraña, nada trágica, por lo demás.


En la cocina yacen los platos, las espátulas, los cubiertos. Todo, por supuesto, sucio, quieto por meses. Suena el teléfono. Es una de sus hermanas, la mayor de los cinco. Me pregunta si hoy Matilde necesitará compañía. Le digo que no. He decidido tomarme el día libre y pasarlo junto con ella, agrego. Percibo un suspiro, y su silencio me dice que no tenía planeado recibir algo así como respuesta. Agradezco, cuelgo, y me quedo un rato observando el desorden en el comedor. Los libros entreabiertos, la ropa envejecida de tanto secar sobre los muebles, las últimas pruebas fotográficas que trajese antes de caer en cama. Me acerco: aún conservan el olor a químico. Sobre todo, son retratos de su madre. Tras unos segundos, mis ojos se detienen en una imagen concreta: la cámara parece haberse disparado por accidente y puede verse la espalda de Matilde y uno de sus brazos estirándose en dirección al cabello de la otra mujer. Los ojos de la madre delatan asombro, una media sonrisa asoma en su rostro. Es como si por primera vez estuviera viendo a su hija, pienso, como si por fin hubiese descubierto su verdadera identidad.
Es como si de pronto también yo lo hiciera.
Dejo que las fotos caigan como el resto de las cosas de este lugar. Me alejo de esos recuerdos como de mi vida, aterrado.


Las once, quizá. Su respiración se dificulta. Hay ratos en que incluso parece dejar de hacerlo. El rostro brillante, los ojos salidos y las ojeras de un morado grave, la interminable humedad de sus narices, el bigote cano, débil, la cabellera de tres colores, si no cuatro, son lo único que puedo ver de ella ahora. Me acerco lo suficiente como para sentirla, como para que también me sienta. Siete años, pienso, nunca creí que esto nos pasaría. Nunca creí que esto nos pasaría.
Ella se mueve y yo estoy seguro de que las cosas desde este punto sólo pueden ir en caída.


No despertó un día y se fue. Su partida tiene todos los rasgos de una desaparición forzada: frente a ti, tu mujer, de pronto, piensa que es tiempo de decir adiós, hace sus maletas, abre la puerta y deja las llaves en la cerradura, esperando, tal vez, que la sigas. Esa alianza que creías eterna se torna, así, un amasijo de desesperación y locura. Súbitamente eres una sombra más que se difumina alrededor suyo. Empieza a ignorarte, obvia tus palabras, tus costumbres. La sensación de estar jugando en un terreno peligroso, de pronto, te sobrepasa. Y es imposible sobreponerse a algo así. Lo sabes.
Entonces huyes.
Entonces ambos huyen.
Es curioso, y extraño. Digo esto porque no encuentro otra maldita forma de ver todo sin que me acribillen a cada paso sus instantes y la forma en fuimos huyendo el uno del otro, yo menos que ella, ella más que yo.


Haces algo, entonces. Lo primero que se te viene a la mente.
Sales.
Ves la calle, la luz real del día. No te asombra encontrarla distinta, ya no sobre su piel. En el escaso territorio de la verdad, una mentira, por más pequeña que sea, por más indescriptible que sea, será siempre mejor. El sol se esparce como el fuego y a contraluz, el cuerpo de tu mujer, simula otro cuerpo.
No es su cuerpo.
No está enferma.
No muere.
Al llegar a la esquina no doblas, sigues derecho. Cruzas sin mirar y no importa: no hay carros ni gente ni animales ni nada. La fe y sus residuos son los que hacen que esto ocurra, a cada instante. Has perdido en la única apuesta que dabas por segura. Su cuerpo, su vida, son ahora una deuda que no podrás siquiera empezar a pagar.
No sabes cuánto tiempo pasa antes que decides regresar, pero es poco.
Cuando entras sabes que allí estará, que no se habrá movido, que nada tiene porqué haberse movido.
Nada te atemoriza más que esa quietud en las cosas. Son como disparos que caen sobre una multitud pacífica.


Suena el teléfono. Es su madre. Le digo lo mismo que le dije a su hermana. Me suelta un par de cosas, y luego pregunta si necesitaré ayuda. Puedo ir, dice, pero yo me niego. Agradezco, pasa un minuto y colgamos. Es decir, cuelgo.
Abro un libro, cualquier libro. Leo: “Si yo no soy para mí mismo, ¿quién será para mí? Si yo soy para mí solamente, ¿quién soy yo? Y si no ahora, ¿cuándo?”.
Una vez, hace años, nos propusimos viajar por el mundo. Recorrerlo de cabo a rabo, aunque nos tomara años o toda la vida. Entonces ella era otra: una mujer maravillosa, locuaz, vigorosa, aterradora y divina, según sus propias descripciones. Bromeaba todo el día y mis respuestas a aquellos afectos eran siempre sonrisas. En una de nuestras tantas noches de planificación, me dijo: No quiero que me detengas. No sé porqué lo dijo, si fue por algo en especial, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer. No quiero que me detengas, dijo, y seguramente yo asentí o a lo mejor la miré y, como solía pasar, únicamente atiné a sonreír.
El caso es que ahora estoy haciendo exactamente eso. Ella avanza, yo no la detengo.


Sé cuando sus sueños se acaban. Si son largos o cortos, o si son pesadillas. Si son lo primero, sus párpados se mueven lentamente, y no pasa mucho tiempo antes que asome una pequeña luna blanca frente a mí. Suelen quedarse así hasta el siguiente sueño, en que se cierran, y todo se repite. Si son lo segundo, estos se estremecen veloces, para finalmente quedar inmóviles. Si son pesadillas, aprieta enérgicamente los ojos, como si un dolor imperdonable se apoderara de cada parte de su cuerpo, forzándola a sucumbir.
Tras ello los abre, y es como si por un breve instante me mirara.
Como si por una fracción mínima de tiempo yo estuviera allí, frente a ella, y ella no pudiera hacer otra cosa que culparme.


Las tres.
Me echo a su lado. Me acurruco. Hago como que la abrazo, sin realmente hacerlo. Hago como que la rodeo, lo imagino. Intento ver más allá de lo que es para hacerme una buena idea de lo que sería. Cierro mis ojos. En quince minutos sacaré la cámara y tomaré una fotografía suya, pienso. Así, como está, postrada en la cama, durmiendo o como se llame lo que hace. Es curioso, pero es únicamente a través de las fotografías en que puedo sentirme verdaderamente cerca. Como si en aquellos retratos su imagen se multiplicara hasta volverse, de algún extraño modo, tangible. Real.
Como si dentro de algunos años, esas imágenes me dijeran que estuvo allí incluso sin estarlo.
Y que no se vio como se veía. Es decir, sin la apariencia de estar muriendo.


Cruzo una primera y última mirada con la enfermera mientras ésta cruza la puerta. Me ha visto una, dos veces, durante estas semanas. Luce incómoda limpiando a mi mujer, acomodando sus almohadas, cambiando sus sábanas, midiendo una presión que yo ignoro. Es joven. La edad de Matilde, dudo que menos. Preparo algo de comer, pensando que quizá quiera quedarse. Pero no lo hace: apenas termina, recoge sus cosas y se va. No se despide. Y yo no agradezco.
Vuelve a sonar el teléfono. Las cinco. Nuevamente su madre. Esta vez no oculto el malestar. Un minuto pasa y cuelgo. Es un fantasma terrible. Está en todas partes, y a la vez en ninguna. Su voz es frágil, lánguida, como si acabara de llorar y no bien termináramos de hablar, volviera a ello. Busco entre mis recuerdos una sola imagen de felicidad, en la que ambas, madre e hija, lucieran felices juntas, pero no la encuentro.
Uno, dos, tres pasos y estoy otra vez a sus pies. Admiro a ese ser inútil que a pasos que no comprendo se aleja. La habitación es ahora un conjunto de aromas condensados, suyos, que añoro: grasa, gases, algo metálico y pesado, alcohol, suero, sangre. Pienso en una canción:

Don't wanna weep for you
I don't wanna know
I'm blind and tortured
The white horses flow
The memories fire
The rhythms fall slow…

Cierro mis ojos aproximándome, lento, a su regazo. Atrapado en su tibieza, me quedo quieto. Abro los ojos y allí estamos, yo, ella allá. Es miedo, lo sé, aunque es también un día más. Las miradas volverán a su sitio mañana, a otro lado, cualquier lado, menos este lado. ¿Cómo te sientes? Bien. ¿Cómo te sientes? Bien. ¿Cómo te sientes? Bien.
No quiero dormir. Una vez contó un chiste de lo más extraño: Él, dijo, temía irse a dormir porque decía que seguramente iba a soñar que estaba en coma y al día siguiente despertaría inconsciente.
Me acerco. Sonrío. Las seis. Miro el techo helado, blanco, por el que no entran más suertes que la mía. Descorro la sábana que tapa su cuerpo. Una multitud de aromas se dispara y yo, incrédulo, soy incapaz de reconocer uno solo. Son olores distintos. Cierro mis ojos. La extraño. Ella empieza a irse.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 9:26 p. m., ,

NUNCA SE CAMINA ACOMPAÑADO

leer

Escrito por Alberto Villar Campos @ 10:10 a. m., ,

PUTAS ASESINAS

Un pequeño regalito

Escrito por Alberto Villar Campos @ 1:29 p. m., ,

ROBERTO BOLAÑO


Reproduzco aquí, sin mayor comentario, el "último testimonio" de Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003). Es una entrevista extensa que merece la pena disfrutarse de cabo a rabo. Pueden encontrar más información del autor de "Los detectives salvajes", si es que acaso no lo han hecho ya, en esta página.
(p.d. !Qué similar encuentro a Bolaño, en todas las formas, en sus formas físicas, clásicas y de algún modo creativas, a este lejano amigo!).


ESTRELLA DISTANTE
Por Mónica Maristain

Tras la muerte de Roberto Bolaño el 15 de julio de 2003, la entrevista realizada por la periodista Mónica Maristain y publicada originalmente en la edición mexicana de la revista Playboy, se convirtió en el último testimonio del escritor chileno. Junto a ella, pueden verse algunos fragmentos de una entrevista concedida por Bolaño en el marco de la Feria del Libro de Santiago de Chile, en 1998.

En el desvaído panorama de la literatura en lengua española, un espacio en el que todos los días aparecen jóvenes redactores más preocupados por ganar becas y puestos en los consulados que por aportar algo a la creación artística, se destaca la figura de un hombre enjuto, mochila azul en ristre, anteojos de enorme marco, cigarrillo sempiterno entre los dedos, fina ironía a bocajarro siempre que haga falta.

Roberto Bolaño, nacido en Chile en 1953, es lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo al oficio de escribir. Desde que con su monumental 'Los detectives salvajes', acaso la gran novela mexicana de la contemporaneidad, se hiciera famoso y se embolsara los premios Herralde (1998) y Rómulo Gallegos (1999), su influencia y su figura han ido en crecimiento constante: todo lo que dice, con su afilado humor, con su exquisita inteligencia, todo lo que escribe, con su pluma certera, de gran riesgo poético y profundo compromiso creativo, es digno de la atención de quienes lo admiran y, por supuesto, de quienes lo detestan.

El autor, que aparece como personaje en la novela 'Soldados de Salamina', de Javier Cercas, y que es homenajeado en la última novela de Jorge Volpi, 'El fin de la locura', es, como todo hombre genial, un divisor de opiniones, un generador de antipatías acérrimas a pesar de su carácter tierno, su voz entre atiplada y ronca, con la que responde, cortés, como todo buen chileno, que no escribirá un cuento para la revista pues su próxima novela, que tratará sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, ya va por la página 900 y todavía no la acaba.

Roberto Bolaño vive en Blanes, España, y está muy enfermo. Espera que un trasplante de hígado le dé resto para vivir con esa intensidad que alaban quienes tienen la fortuna de tratarlo en la intimidad. Dicen ellos, sus amigos, que a veces se olvida de ir a la visita médica por escribir.

A los 50 años, este hombre que recorrió Latinoamérica como mochilero, que se escapó de las fauces del pinochetismo porque uno de los policías que lo encarceló había sido su compañero en la escuela, que vivió en México (alguna vez la calle Bucareli en un tramo llevará su nombre), que conoció a los militantes del Farabundo Martí que luego se convertirían en los asesinos del poeta Roque Dalton en El Salvador, que fue vigilante en un camping catalán, vendedor de bisutería en Europa y siempre un hurtador de buenos libros porque leer no es sólo una cuestión de actitud, este hombre, decíamos, ha transformado el rumbo de la literatura latinoamericana. Y lo ha hecho sin avisar y sin pedir permiso, como lo hubiera hecho Juan García Madero, antihéroe adolescente de su gloriosa 'Los detectives salvajes': “Estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tía insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso lo dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche”.

El resto, en las 608 páginas restantes de una novela cuya importancia los críticos han comparado con 'Rayuela', de Julio Cortázar, y hasta con 'Cien años de soledad', de Gabriel García Márquez. Él diría, frente a tanta hipérbole: ni modo. Así que mejor vayamos a lo que importa en esta coyuntura: a la entrevista.

¿Le dio algún valor en su vida el haber nacido disléxico?
–Ninguno. Problemas cuando jugaba al fútbol, soy zurdo. Problemas cuando me masturbaba, soy zurdo. Problemas cuando escribía, soy diestro. Como puedes ver, ningún problema importante.

¿Siguió siendo Enrique Vila-Matas amigo suyo luego de la pelea que tuvo usted con los organizadores del Premio Rómulo Gallegos?
–Mi pelea con el jurado y los organizadores del premio se debió, básicamente, a que ellos pretendían que yo avalara, desde Blanes y a ciegas, una selección en la que yo no había participado. Sus métodos, que una pseudo poeta chavista me transmitió por teléfono, se parecían demasiado a los argumentos disuasorios de la Casa de las Américas cubana. Me pareció que era un error enorme que Daniel Sada o Jorge Volpi fueran eliminados a las primeras de cambio, por ejemplo. Ellos dijeron que lo que yo quería era viajar con mi mujer e hijos, algo totalmente falso. De mi indignación por esta mentira surgió la carta en donde los llamé neostalinistas y algo más, supongo. De hecho, a mí me informaron que ellos pretendían, desde el principio, premiar a otro autor, que no era Vila-Matas, precisamente, cuya novela me parece buena, y que sin duda era uno de mis candidatos.

¿Por qué no tiene aire acondicionado en su estudio?
–Porque mi lema no es
Et in Arcadia ego, sino Et in Esparta ego.

¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta otro sería su parecer acerca de sus libros?
–No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo. Segundo, porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.

¿Cuál es la diferencia entre una escribidora y una escritora?
–Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano. Los años luz que median entre una y otra.

¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
–La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.

¿Usted es chileno, español o mexicano?
–Soy latinoamericano.

¿Qué es la patria para usted?
–Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.

¿Qué es la literatura chilena?
–Probablemente las pesadillas del poeta más resentido y gris y acaso el más cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa Véliz, muerto a principios del siglo XX, y autor de sólo dos poemas memorables, pero, eso sí, verdaderamente memorables, y que nos sigue soñando y sufriendo. Es posible que Pezoa Véliz aún no haya muerto y esté agonizando y que su último minuto sea un minuto bastante largo, ¿no?, y todos estemos dentro de él. O al menos que todos los chilenos estemos dentro de él.

¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
–Yo nunca llevo la contraria.

¿Usted tiene más amigos que enemigos?
–Tengo suficientes amigos y enemigos, todos gratuitos.

¿Quiénes son sus amigos entrañables?
–Mi mejor amigo fue el poeta Mario Santiago, que murió en 1998. Actualmente tres de mis mejores amigos son Ignacio Echevarría y Rodrigo Fresán y A. G. Porta.

¿Antonio Skármeta lo invitó alguna vez a su programa?
–Una secretaria suya, tal vez su mucama, me llamó una vez por teléfono. Le dije que estaba demasiado ocupado.

¿Javier Cercas compartió con usted las regalías por Soldados de Salamina?
–No, por supuesto.

¿Enrique Lihn, Jorge Teillier o Nicanor Parra?
–Nicanor Parra por encima de todos, incluidos Pablo Neruda y Vicente Huidobro y Gabriela Mistral.

¿Eugenio Montale, T. S. Eliot o Xavier Villaurrutia?
–Montale. Si en lugar de Eliot estuviera James Joyce, pues Joyce. Si en lugar de Eliot estuviera Ezra Pound, sin duda Pound.

¿John Lennon, Lady Di o Elvis Presley?
–The Pogues. O Suicide. O Bob Dylan. Pero, bueno, no nos hagamos los remilgados: Elvis forever. Elvis con una chapa de sheriff conduciendo un Mustang y atiborrándose de pastillas, y con su voz de oro.

¿Quién lee más, usted o Rodrigo Fresán?
–Depende. El Oeste es para Rodrigo. El Este para mí. Luego nos contamos los libros de nuestras correspondientes áreas y parece que lo hubiéramos leído todo.

¿Cuál es el mejor poema de Pablo Neruda según usted?
–Casi cualquiera de 'Residencia en la Tierra'.

¿Qué le hubiera dicho a Gabriela Mistral si la hubiera conocido?
–Mamá, perdóname, he sido malo, pero el amor de una mujer hizo que me volviera bueno.

¿Y a Salvador Allende?
–Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.

¿Y a Vicente Huidobro?
–Huidobro me aburre un poco. Demasiado tralalí alalí, demasiado paracaidista que desciende cantando como un tirolés. Son mejores los paracaidistas que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas.

¿Octavio Paz sigue siendo el enemigo?
–Para mí, ciertamente, no. No sé qué pensarán los poetas que durante esa época, cuando yo viví en México, escribían como sus clones. Hace mucho que no sé nada de la poesía mexicana. Releo a José Juan Tablada y a Ramón López Velarde, incluso puedo recitar, si se tercia, a Sor Juana, pero no sé nada de lo que escriben los que, como yo, se acercan a los cincuenta años.

¿No le daría ahora ese papel a Carlos Fuentes?
–Hace mucho que no leo nada de Carlos Fuentes.

¿Qué le produce el hecho de que Arturo Pérez Reverte sea actualmente el escritor más leído en lengua española?
–Pérez Reverte o Isabel Allende. Da lo mismo. Feuillet era el autor francés más leído de su época.

¿Y el hecho de que Arturo Pérez Reverte haya ingresado a la Real Academia?
–La Real Academia es una cueva de cráneos privilegiados. No está Juan Marsé, no está Juan Goytisolo, no está Eduardo Mendoza ni Javier Marías, no está Olvido García Valdez, no recuerdo si está Alvaro Pombo (probablemente si está se deba a una equivocación), pero está Pérez Reverte. Bueno, (Paulo) Coelho también está en la Academia brasileña.

¿Se arrepiente de haber criticado el menú que le sirvió Diamela Eltit?
–Nunca critiqué su menú. Si acaso, tendría que haber criticado su humor, un humor vegetariano o, mejor, a dieta.

¿Le duele que ella lo considere mala persona después de la crónica de aquella malograda cena?
–No, pobre Diamela, no me duele. Me duelen otras cosas.

¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte de sus enemigos?
–Muchísimas, cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?

¿Cuál es la opinión en torno de su obra que más valora?
–Mis libros los lee Carolina (su esposa) y después (Jorge) Herralde (el editor de Anagrama) y después procuro olvidarlos para siempre.

¿Qué cosas compró con el dinero que ganó en el Rómulo Gallegos?
–No muchas. Una maleta, según creo
recordar.

De su época que vivía de los concursos literarios, ¿hubo alguno que no pudo cobrar?
–Ninguno. Los ayuntamientos españoles, en este aspecto, son de una probidad fuera de toda sospecha.

¿Era buen camarero o mejor vendedor de bisutería?
–El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un camping cerca de Barcelona. Nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión).

¿Ha experimentado el hambre feroz, el frío que cala los huesos, el calor que deja sin aliento?
–Como dice Vittorio Gassman en una película: modestamente, sí.

¿Ha robado algún libro que luego no le gustó?
–Nunca. Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito.

¿Ha caminado alguna vez en medio del desierto?
–Sí, y en una ocasión, además, del brazo de mi abuela. La anciana señora era incansable y yo pensé que de ésa no salíamos.

¿Ha visto peces de colores debajo del agua?
–Por supuesto. En Acapulco, sin ir más lejos, en el año 1974 o 1975.

¿Se ha quemado la piel con un cigarrillo?
–Nunca voluntariamente.

¿Ha tallado en un tronco de árbol el nombre de la persona amada?
–He cometido desmanes aún mayores, pero corramos un tupido velo.

¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
–Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año ’84. La tienda estaba vacía y entró una mujer hindú. Parecía y tal vez fuera una princesa. Me compró algunos colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que Kali también era la deidad de los asesinos, y esta hindú no sólo era la mujer más hermosa de la Tierra sino que también parecía ser una buena persona, muy dulce y considerada.

¿Le gustan los perros o los gatos?
–Las perras, pero ya no tengo animales.

¿Qué cosas recuerda de su niñez?
–Todo. No tengo mala memoria.

¿Coleccionaba figuritas?
–Sí. De fútbol y de actores y actrices de Hollywood.

¿Tenía una patineta?
–Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.

¿Cuál es su equipo de fútbol favorito?
–Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.

¿A qué personajes de la historia universal le hubiera gustado parecerse?
–A Sherlock Holmes. Al capitán Nemo. A Julien Sorel, nuestro padre, al príncipe Mishkin, nuestro tío, a Alicia, nuestra profesora, a Houdini, que es una mezcla de Alicia, de Sorel y de Mishkin.

¿Se enamoraba de las vecinas más grandes que usted?
–Por supuesto.

¿Las compañeras de la escuela le prestaban atención?
–No creo. Al menos yo estaba convencido de que no.

¿Qué cosas debe a las mujeres de su vida?
–Muchísimo. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo por decoro.

¿Ellas le deben algo a usted?
–Nada.

¿Ha sufrido mucho por amor?
–La primera vez, mucho, después aprendí a tomarme las cosas con algo más de humor.

¿Y por odio?
–Aunque suene un poco pretencioso, nunca he odiado a nadie. Al menos estoy seguro de ser incapaz de un odio sostenido. Y si el odio no es sostenido, no es odio, ¿no?

¿Cómo enamoró a su esposa?
–Cocinándole arroz. En esa época yo era muy pobre y mi dieta era básicamente de arroz, así que lo aprendí a cocinar de muchas formas.

¿Cómo era el día que se hizo padre por primera vez?
–Era de noche, poco antes de las 12, yo estaba solo, y como no se podía fumar en el hospital me fumé un cigarrillo virtualmente encaramado en el artesonado de la cuarta planta. Menos mal que no me vio nadie desde la calle. Sólo la luna, habría dicho Amado Nervo. Cuando volví a entrar una enfermera me dijo que mi hijo ya había nacido. Era muy grande, casi calvo del todo, y con los ojos abiertos como preguntándose quién demonios era ese tipo que lo tenía en los brazos.

¿Lautaro será escritor?
–Yo sólo espero que sea feliz. Así que mejor que sea otra cosa. Piloto de avión, por ejemplo, o cirujano plástico, o editor.

¿Qué cosas reconoce en él como suyas?
–Por suerte se parece mucho más a su madre que a mí.

¿Le preocupan las listas de ventas de sus libros?
–En lo más mínimo.

¿Piensa alguna vez en sus lectores?
–Casi nunca.

¿Qué cosas de todas las que le han dicho sus lectores en torno de sus libros lo han conmovido?
–Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe.

¿Qué cosas lo han enojado?
–A estas alturas enojarse es perder el tiempo. Y, lamentablemente, a mi edad el tiempo cuenta.

¿Ha tenido miedo alguna vez de sus fans?
–He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte, me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que, por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.

¿Qué siente cuando hay críticos como Darío Osses que considera que usted es el escritor latinoamericano con más futuro?
–Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro. Eso sí, soy de los que tienen más pasado, que al cabo es lo único que cuenta.

¿Le despierta curiosidad el libro crítico que está preparando su compatriota Patricia Espinoza?
–Ninguna. Espinoza me parece una crítica muy buena, independientemente de cómo vaya a quedar yo en su libro, que supongo que no muy bien, pero el trabajo de Espinoza es necesario en Chile. De hecho, la necesidad de una, llamémosla así, nueva crítica, es algo que empieza a ser urgente en toda Latinoamérica.

¿Y el de la argentina Celina Mazoni?
–A Celina la conozco personalmente y la quiero mucho. A ella le dediqué uno de los cuentos de 'Putas asesinas'.

¿Qué cosas lo aburren?
–El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

¿Qué cosas lo divierten?
–Ver jugar a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.

¿Escribe a mano?
–La poesía, sí. Lo demás, en una vieja computadora de 1993.

Cierre los ojos, ¿cuál de todos los paisajes de la Latinoamérica que usted recorrió le viene primero a la memoria?
–Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración. Una excursión al Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera y alguien más que no recuerdo, aunque sí recuerdo los labios de Lisa, su sonrisa extraordinaria.

¿Cómo es el paraíso?
–Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.

¿Y el infierno?
–Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos.

¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
–En el ‘92.

¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?
–Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

¿Qué cosas desea hacer antes de morir?
–Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

¿Con quién le gustaría encontrarse en el más allá?
–No creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía de inmediato en algún curso que estuviera dando Pascal.

¿Pensó alguna vez en suicidarse?
–Por supuesto. En alguna ocasión sobreviví precisamente porque sabía cómo suicidarme si las cosas empeoraban.

¿Creyó en algún momento que se estaba volviendo loco?
–Por supuesto, pero me salvó siempre el sentido del humor. Me contaba historias que me volvían loco de risa. O recordaba situaciones que hacían que me tirara al suelo a reírme.

La locura, la muerte y el amor, ¿de qué de estas tres cosas ha habido más en su vida?
–Espero de todo corazón que haya habido más amor.

¿Qué cosas lo hacen reír a mandíbula batiente?
–Las desgracias propias y ajenas.

¿Qué cosas lo hacen llorar?
–Lo mismo: las desgracias propias y ajenas.

¿Le gusta la música?
–Mucho.

¿Usted ve su obra como la suelen ver sus lectores y críticos: arriba de todo 'Los detectives salvajes' y luego todo lo demás?
–La única novela de la que no me avergüenzo es 'Amberes', tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado. El resto de mi “obra”, pues bueno, no está mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá si algo más. Por ahora me dan dinero, se traducen, me sirven para hacer amigos que son muy generosos y simpáticos, puedo vivir, y bastante bien, de la literatura, así que quejarse sería más bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros. Estoy mucho más interesado en los libros de los demás.

¿No le sacaría algunas páginas a 'Los detectives salvajes'?
–No. Para sacarle páginas tendría que releerlo y eso mi religión me lo prohíbe.

¿No le da miedo que alguien quiera hacer la versión cinematográfica de la novela?
–Ay, Mónica, yo les tengo miedo a otras cosas. Digamos: cosas más terroríficas, infinitamente más terroríficas.

¿“El ojo Silva” es un homenaje a Julio Cortázar?
–De ninguna manera.

Cuando terminó de escribir “El ojo Silva”, ¿no sintió que había escrito un cuento capaz de estar a la altura, por ejemplo, de “Casa tomada”?
–Cuando terminé de escribir “El ojo Silva” dejé de llorar o algo parecido. Qué más quisiera yo que se pareciera a uno de Cortázar, aunque “Casa tomada” no es uno de mis favoritos.

¿Cuáles son los cinco libros que marcaron su vida?
–Mis cinco libros en realidad son cinco mil. Menciono éstos sólo a manera de punta de lanza o embajada aviesa: 'El Quijote', de Cervantes. 'Moby Dick', de Melville. La Obra Completa, de Borges. 'Rayuela', de Cortázar.' La conjura de los necios', de Kennedy Toole. Pero también debería citar: 'Nadja', de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. 'Todo Ubú', de Jarry. 'La vida, instrucciones de uso', de Perec. 'El castillo' y 'El proceso', de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. 'El Tractatus', de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. 'El Satiricón', de Petronio. 'La Historia de Roma', de Tito Livio. 'Los Pensamientos', de Pascal.

¿Se lleva bien con su editor?
–Bastante bien. Herralde es una persona inteligente y a menudo encantadora. Tal vez a mí me convendría más que no fuera tan encantador. Lo cierto es que ya hace ocho años que lo conozco y, al menos de mi parte, el cariño no hace más que crecer, como dice un bolero. Aunque tal vez me convendría no quererlo tanto.

¿Qué dice de los que piensan que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana de la contemporaneidad?
–Que lo dicen por lástima, me ven decaído o desmayándome en las plazas públicas y no se les ocurre nada mejor que una mentira piadosa, que por lo demás es lo más indicado en estos casos y ni siquiera es pecado venial.

¿Es cierto que fue Juan Villoro el que le convenció para que no titulara 'Tormenta de mierda' a su novela 'Nocturno de Chile'?
–Entre Villoro y Herralde.

¿De quién más escucha consejos alrededor de su obra?
–Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera de mi médico. Yo doy consejos a diestra y siniestra, pero no escucho ninguno.

¿Cómo es Blanes?
–Un pueblo bonito. O una ciudad pequeñita, de treinta mil habitantes, bastante bonita. Fue fundada hace dos mil años, por los romanos, y luego pasaron por aquí gente de todos los lugares. No es un balneario de ricos sino de proletarios. Obreros del norte o del este. Algunos se quedan a vivir para siempre. La bahía es bellísima.

¿Extraña algo de su vida en México?
–Mi juventud y las caminatas interminables con Mario Santiago.

¿A qué escritor mexicano admira profundamente?
–A muchos. De mi generación admiro a Sada, cuyo proyecto de escritura me parece el más arriesgado, a Villoro, a Carmen Boullosa, entre los más jóvenes me interesa mucho lo que hacen Alvaro Enrigue y Mauricio Montiel, o Volpi e Ignacio Padilla. Sigo leyendo a Sergio Pitol, que cada día escribe mejor. Y a Carlos Monsiváis, el cual, según me contó Villoro, motejó como Pol Pit a Taibo 2 o 3 (o 4), lo que me parece un hallazgo poético. Pol Pit, ¿es perfecto, no? Monsiváis sigue con las uñas aceradas. También me gusta mucho lo que hace Sergio González Rodríguez.

¿El mundo tiene remedio?
–El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.

¿Usted tiene esperanzas, en qué, en quiénes?
–Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme a los potreros de la cursilería, que son mis potreros natales. Yo tengo esperanza en los niños. En los niños y en los guerreros. En los niños que follan como niños y en los guerreros que combaten como valientes. ¿Por qué? Me remito a la lápida de Borges, como diría el ínclito Gervasio Montenegro, de la Academia (como Pérez Reverte, fíjese usted) y no hablemos más de este asunto.

¿Qué sentimientos le despierta la palabra póstumo?
–Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor.

¿Qué opina de quienes opinan que usted ganará el Premio Nobel?
–Estoy seguro, querida Maristain, de que no lo ganaré, como también estoy seguro de que algún atorrante de mi generación sí que lo ganará y ni siquiera me mencionará de pasada en su discurso de Estocolmo.

¿Cuándo ha sido más feliz?
–Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las circunstancias más adversas.

¿Qué le hubiera gustado ser si no hubiera sido escritor?
–Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.

¿Confiesa que ha vivido?
–Bueno, sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo y viendo películas, y como les dijo Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda, mientras yo viva, esta bandera no se arriará.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 8:07 a. m., ,

RIBEYRO


En apenas dos días, con inusual desesperación y tristeza, termino de leer el segundo tomo de los diarios personales de Julio Ramón Ribeyro. Sobre todo, me impresionan las imágenes en las que la decadencia produce en el escritor una extraña pero familiar sabiduría.

Transcribo algunos pasajes sacados aleatoriamente del libro, de por demás imprescindible lectura.

“Para qué andar tan de prisa si en la esquina menos pensada nos encontramos con la luz roja, gracias a la cual todos aquellos que sobrepasamos nos alcanzarán” (pág. 51).

“No era seco ni frío sino avaro de su afección. Podía ser educado y cordial, pero se notaba que algo había en él que no se transmitía, que era celosamente conservado y que no daba sino en forma excepcional cuando encontraba un objeto digno de merecerlo. La gente no sabía que él guardaba su afección para sí mismo, que al otorgarla sentía empobrecerse, porque la necesitaba de verdad para sí pues, si la prodigase, hubiera terminado por odiarse y volarse el cráneo de un tiro. (¿Autorretrato?)” (pág. 162).

“¡Cómo hacer Dios mío para quererme un poco más y no seguir empleando toda mi vehemencia y mi talento en destruirme” (pág. 173).

9 de abril.
Bach y vino en este tristísimo domingo, agobiado por mi gran cuarto, su comodidad sin uso, mi soledad. Todo había sido amorosamente preparado, en este hotel de la rue de la Harpe, para recibir a Mimí. Ayer, en la Gare du Nord, desgarramientos sucesivos ante la llegada de los trenes de Bruselas, que solo depositaban cadáveres en el andén. Sufro ahora, pero con lucidez, como en Mortsel hace cuatro años, por la misma mujer. Espero recibir mañana carta explicatorio. De lo contrario, creo que tomaré la gran decisión” (pág. 21).

Abril.
Mala mañana, en la cual toda música me parece angustiosa. Pero prefiero su compañía al silencio. Tranquilidad de sábado santo. Esperando a Chariarse, Eielson y Sologuren, que vendrán a almorzar. Tres poetas en una sola bandeja. Y yo al borde de ella, con tantas ganas de quedarme callado” (pág. 170).

“Tengo una gran desconfianza por los hombres que no fuman ni prueban un vaso de alcohol. Deben ser terriblemente viciosos” (pág. 85).

16 de octubre.
Miles de hojas en blanco esperan desde hace meses en los cajones de mi escritorio Regencia ese resplandor, ese golpe de azar, ese desgarramiento, no sé cómo llamarlo, ese impulso espiritual, que me permita comenzar el libro largo que anhelo escribir y del cual no sé aún nada, en el mundo de brumas, de esterilidad y de cansancio en el que vivo desde comienzos de año, libro que probablemente nunca escribiré. Como le decía ayer a Bryce, escribir es como tejer; es necesario saber en qué “punto2 se hará la obra: una vez elegido el punto la obra sale sola. No sé si en latín o en qué otra lengua que ignoro se utiliza el mismo verbo para el acto de escribir y de tejer. Pero aparte del punto, como me di cuenta luego, es necesario conocer de antemano el molde: saber si uno quiere tejer un calcetín o una bata. Todo esto es más complejo de lo que uno cree. Y como no tengo ni el punto ni el molde, las hojas, mis tantas hojas inmaculadas, se van llenando de fragmentos como este, que se yuxtaponen para formar lo inorgánico, lo discontinuo, la negación de lo que quiero hacer, en suma, el testimonio de la no obra, de la sequedad y la pequeñez” (pág. 189).

Escrito por Alberto Villar Campos @ 9:39 a. m., ,

NADIE



Esta noche iré a ver a Ana para ver si ya está mejor de esa gripe que le da cada tanto, y a ver si esta vez, cuando la vea, me reciba con un beso, y entonces allí voy, y los carros que pasan por mis costados son como bestias azules, blancas y rojas, sobre todo rojas, cómo abundan los autos rojos esta ciudad tan infernal. Usted elige: o me patea o soy yo quien lo pateo, le había oído decir a un niño empotrado en una espesa barra de cemento casi negro, mientras aguardaba por la luz verde, y el amenazado miraba al otro con una varilla de metal en las manos que usaba, por ratos, para azotar a su pequeño perro, un cachorro tan feo y esmirriado que a duras apenas se le podía ver de reojo. ¿Seré yo o es que acaso esta mujer se enferma cada vez más seguido?, No hacía mucho le habían ascendido y ya casi ni tenía tiempo para verla, para estar a su lado como antes, Con esto del ascenso las cosas como que se han enfriado un poco, pensó, sorbiendo un poco del café frío que le había quedado de esa cafetería a la que entró al paso, y yo lo sé: sé que ella lo sabe y a veces, por teléfono, me da como no sé qué oírle los silencios, ella que se calla de pronto y yo que no puedo decirle más nada y entonces comienzo a contarle nuevamente las buenas nuevas de mi oficina, que resultan, cómo no, más aburridas y estresantes con la cantidad de veces que la menciono, Cómo no, Raúl, estás cada vez más metido en tus negocios y ni tiempo tienes para ella, ya ni te acuerdas como antes de los regalos, pero para qué voy a acordarme yo de eso si ahora soy un hombre importante, se disculpaba orgulloso mientras revisaba su barba por el espejo retrovisor, Tú eres importante, y el semáforo cambió a verde y él, exclamando, Pero qué es eso, y el horribilísimo perro pareció oírle pues su pescuezo giró 360 grados hacia él, los niños, en cambio, no lo hicieron, y el can quiso ladrarle algo pero las fuerzas, a estas alturas, escasean y bastante, entonces la imagen va de nuevo al hombre que, frente al volante, ha empalidecido y es ya incapaz de mover un pie o una mano, Pero qué han visto mis ojos, dice, mientras ve cómo el auto se aleja y los demás, en fila, lo siguen, y uno que otro le pasa por el lado y el chofer que le echa una mirada rabiosa, como diciendo hombre, y usted por qué sigue ahí frenado, imbécil, idiota y todas esas murmuraciones que uno siempre termina por entender así se las digan a muy bajito volumen, no obstante Raúl sigue allí, en posición de conductor de Fórmula Uno que espera la partida, Qué han visto mis ojos, se interroga ya por tercera vez y sus ojos, sin embargo, parecen no querer decirse nada el uno al otro, parecen como odiarse en estos momentos, En ese auto no iba nadie, su voz se perdía en el silencio del interior de su auto, es una locura, lo sé, se dijo, pero allí no había nadie, y de pronto arrancó, dejándome atrás y con muchos otros autos con gente que lo seguía sin darse cuenta, ese auto se fue ya y ahora dónde estará, no puede ser, dos gotas felinas se resbalaban por su rostro, era la emanación característica de la que supuso la mayor de sus tragedias, y aceleró, no supo por qué, pero aceleró, pisó a fondo esa placa insulsa y entonces el auto echó a andar, aunque justo cuando entraba al ámbar, y se oyeron, menos él, él no oyó nada con lo perdido que se encontraba, los chifles y cláxones de los carros y los buses e incluso de algún despistado que iba en bicicleta y anhelaba su oportunidad para odiar sin ser menospreciado, Debe haber seguido esta ruta, sus ojos eran ahora los de un enfermo mental, moviéndose de un lado a otro, como los de aquel que busca pero sin suerte y a quien le pasan los minutos pero sin realmente pasarle, como la más cruel ironía, y ni siquiera se percató de las luces azules y rojas que lo corretearon por un momento pero que, al parecer, no tuvieron más ganas de hacerlo, al rato fueron alejándose y luego no eran sino un punto de un solo color que no hacía ni deshacía, entonces suena su teléfono celular, aquella tonadita que odiaba pero que todos en su oficina celebraban pues era augurio de una buena noticia y más dinero para las arcas organizacionales, él entonces vio cómo su teléfono iba delirando a su lado, en el asiento del chofer, y él No, no contesto, ahora no estoy para nadie, sin pensar que tal vez podía ser Ana, por quien había cogido el auto y a quien amaba a pesar de todo, a pesar de las burlas de sus padres y de los de ella, a pesar de la magnitud y el significado del paso del tiempo, aún eso del ascenso le había tenido sin cuidado a la hora de meter la llave y poner primera, completamente decidido a ir por ella, No, ahora no estoy para nadie, se dijo enérgico y sí, era Ana, efectivamente, y ella tal vez estuviera a punto de pedirle a su chofer que la llevara a casa de su prometido, que sí, que sabía que era tarde pero no importaba, y entonces, ya el chofer resuelto a cumplir con un deseo más de la misteriosa pero bellísima niña Ana, ¿Pero cómo hacemos con sus padres, niña?, Por eso usted ni se preocupe que ellos ni se dan por enterados, había respondido ella, Está bien, señorita, y entonces Ana resolvió una extensa carcajada porque el chofer anda siempre y sin quererlo cambiándole las edades, Que niña, que señorita, que todas esas cosas juntas, dígame Ana, Regiberto, Ana a secas, No, niña, imposible, a mí me dijeron que tenía que tratarla como a una dama y eso hago, Ya ve, Regiberto, ahora soy una dama, vuelve a sonreír precioso y añade Usted siempre será un caballero, Regiberto, mi caballero preferido, ¿nos vamos?

La muerte de su padre no significó nada para él, o al menos eso creía hasta ahora, Esta noche que sin duda no era mi noche, y él sin querer había encendido la radio, sin prestar atención a la música, un acompañamiento inútil para una correría impensada. ¿Será ese?, se interrogó al ver a un carro muy parecido al otro doblar una esquina, Sí, ése debe ser, cambió a segunda y fue frenando de a pocos, ¿y qué tiene que ver mi padre en todo esto?, se dijo, incrédulo, pero ahí estaba su imagen taciturna de viejo perdedor, de zorro sin prisa que no busca pero encuentra, de ogro problemático sin más problemas que su propia vida miserable, ¿Qué haces tú aquí, ahora?, de repente ese carro tomó una larga autopista que él siempre había odiado porque lo hacía retrasarse al menos media hora: no una sino muchas veces se había visto obligado a tomarla porque Ana y su madre adoraban ver algunas casas que sólo podían apreciarse desde allí, unos enormes castillos forrados de mármol y a los que rodeaban crujientes árboles de películas de horror, con ese humo tan familiar y tosco que los niños de estas épocas acostumbran obviar, ya nada es lo de antes, claro, y Raúl entonces la cogió, Recuerdo a mi padre diciéndome que no vaya tan despacio, que me anime y ponga cuarta, que esta es una carretera y que es obligatorio ir más rápido, le había dicho el hombre, sin mirarlo, y él, insultado, había tenido que pasar el cambio y Cómo te odio, buen hombre, no sabes cuánto, y ni pienses que voy a extrañarte cuando te vayas. Ana, muy lejos de todo este embrollo, se veía por última vez en el espejo y pugnaba por tapar ese espantoso grano que le había salido justo en la mitad de su frente y que, para colmo, se le había pasmado y tardaría mucho en desaparecer, quizá tres semanas o a lo mejor un mes, el chofer no le había dicho nada porque a él le estaba completamente prohibido soltar cualquier otro comentario que no fuera un sí, señorita, sí, niña, adonde usted quiera, niña Ana, y sin embargo lo había notado y Ni a mi mujer ni a mis hijas les ha salido un grano tan grande como ése, ahora la veía con otros ojos, Será que está creciendo la niña, sí, debe ser eso. Nos vamos, le dijo entonces al viejo y de paso le echó una miradilla para ver si, quizá, sus ojos se dirigían sin quererlo a su frente, Ahí sí que me mato, no puede ser que este hombre tan triste sea capaz de ver lo fea que estoy esta noche, y lo peor es que con esta gripe yo no tenía ni ganas de moverme de aquí, no, no, es imposible, ¿Nos vamos, Regiberto? ¿Estamos listos?, y por dentro, ay, sí, sus ojos se alzaron y lo vieron, ahora sí que me mato, usted ya no es más mi caballero, Regiberto.

Qué hago, su culpa fue intensa, qué hago siguiendo a un auto al que creo endemoniado, ¿es que acaso soy un idiota?, pero él no era un idiota y lo sabía, algo dentro suyo lo obligaba a seguir el camino de ese auto que, ahora sí, reconocía por completo, había estado unos segundos muy cerca de él y logrado una posición exacta a la anterior, cuando ocurrió todo, Y sí, es ése, mi memoria no es buena pero juro que ése es, y sin embargo no había podido ver si interior, ni comprobar si se trataba o no de una jugarreta de su imaginación o si es que era algo más, Siempre me llamó la atención el terror pero ahora siento que estoy delirando en una de esas estúpidas películas en donde sé que tarde o temprano me clavarán un cuchillo por la espalda, aunque, ¿y si es una nueva forma de secuestro?, se interrogó, volviendo a poner los pies sobre la tierra por un instante, no hacía mucho había visto por la televisión cómo los ladrones tomaban cada vez ideas más ingeniosas para cometer sus crímenes, especialmente durante esta época, muy cercana ya a las fiestas de diciembre, y entonces Podría serlo, mucha gente sabe de mi ascenso y no es muy difícil seguir mis movimientos, el terror de estar yendo a ver su propio crimen lo carcomió de súbito, No, entonces lo mejor será coger la siguiente salida y enrumbar hacia donde Ana, se dijo muy calmado, mas fue imposible: ni el más oscuro de los planteamientos, como era ése, hubiera impedido que siguiera a ese auto que parecía guiado por las almas del purgatorio, Voy a llegar al fondo de esto y no me pregunten por qué, lo haré, y, mirándose a través del retrovisor que se había empañado, se dijo, me late que este el auto tendrá que detenerse muy pronto.

Su madre, años atrás, ve cómo su hijo se toca frente al televisor, ve cómo su pequeña cabecita se inclina hacia los lados y cómo su mano se mueve frenética de arribabajo, Pobre, mi niño está creciendo, pronto ya no querrá abrazarme, y mientras Raúl Sí, dale, con más fuerza, dale, no te canses que ya estoy casi a punto, casi, sí, sí, sí, síííííí… el chorro mínimo sale disparado hacia la alfombra, uno, dos, y entonces el niño exhala aliviado, Ahora sí que voy a dormir bien, se dice, y festeja su hombría en silencio sin ver a la madre persignándose y dejando la habitación. Yo solo iba a darle las buenas noches, le dijo a su marido, cerrando la puerta, No te inquietes, respondió éste, sin verla, Es parte del crecimiento, y ella entonces se puso a llorar y caminó hacia el baño, se encerró como hacía mucho no lo hacía, a llorar calladita para que él, sobre todo él, tuviera que acercarse a preguntarle algo, Qué te ocurre, oyó su voz ronca y hastiada, Nada, nada, respondía ella, Ya se me pasa, respiró aliviada porque su esposo correspondía a sus llamados inclementes de mujer adolorida, Ya, ya está, dijo el hombre, acariciando sus cabellos, mientras ella, reprochándole, Qué hicimos mal, dímelo, cuál fue nuestro error, y el hombre, ya un poco molesto, Nuestro error no ha sido ninguno, y no, no un poco molesto sino muy molesto, El niño tenía que empezar en algún momento, siguió, empero, y que no te sorprenda encontrar sus calzoncillos manchados de amarillo mañana por la mañana y la madre pensó para sí Felizmente no soy yo quien los lava, y ambos, luego, se fueron a dormir, ella con una pena enorme, él con un enorme dolor de cabeza.

Su madre, su padre, ¿por qué tenían ellos que venir justo en este momento? Aceleró y pasó a unos carros que parecían estar allí sólo para bloquearle el camino. Cuando los hubo perdido ya, frenó un poco. Si Ana me viera, Dios, qué diría, pero Ana no habría podido decir algo porque estaba igual o peor que él, sintiéndose morir mientras el chofer la atacaba con ese silencio ensordecedor, y ella sin poder verse al espejo para taparse aún más ese barro pasmado del tamaño de la luna, Raúl, ¿dónde estás?, ¿por qué no vienes?, ¿por qué no llamas?, se preguntaba constantemente desde aquello del ascenso, que le tenía ahora más ocupado que de costumbre, tantas horas que éste prefería darle a la empresa ahora y no a ella, y ella contentándose con llamaditas esporádicas de medio minuto en el que él no decía nada y ella menos, Para qué decirle algo si sé que no va a escucharme, si cuando la última vez le pedí que por favor me trajera pastel de manzana no lo hizo, y, peor aún, me hizo tremenda escena, repitiéndome hasta el cansancio que era ahora él un hombre importante y que tarde o temprano sus negocios nos servirían a ambos y yo juro que no quiero que nos sirvan un carajo, Raúl, poco me importa que tus negocios se vayan al tacho o lleguen a las nubes, si eres presidente u otra cosa, y sin embargo no puedo odiarte y no sé por qué me es imposible hacerlo, mi madre te ha defendido tantas veces que ya empiezo a preguntarme si es a ti y no a mí a quien en realidad quiere, el chofer dobla una esquina y le dice a la niña ¿No quiere que paremos un momento en esta pastelería, señorita?, pero ella No, Regiberto, hoy no tengo ganas, tal vez otro día, mañana quizá, eso, avíseme mañana y luego, para sí, Pobre hombre, debe ver la cara de susto que llevo y no sabrá qué hacer para contentarme y es allí, mientras ella pone los ojos blancos y piensa como nunca en Raúl, que Raúl pasa cerquísima del auto aquel, e intenta ver nuevamente lo que hay dentro pero no lo logra y Mierda, mierda, mierda, ¿cuándo mierda acabará esto?

¿Lo ves?, Sí, lo veo, Acércate un poco más, por favor, Mi amor, es imposible, si me acerco un poco más lo choco, No te creo, acércate un poquitito para verlo, Está bien, mi vida, voy a tratar, Así, ¿ves?, ahora estamos más cerca, ¿has visto la cara que trae?, Sí, mi amor, tiene una cara de irse a matar, ¿Crees que debamos llamar a la policía?, Tal vez, aunque lo mejor es no interferir en los designios que cada uno se prepara, ¿Qué has dicho?, Nada, preciosa, que lo preferible es que no nos metamos en los asuntos de otras personas, Pero mira su rostro, sus ojos, ese hombre parece que va a matarse, Si lo quisiera hacer, vida mía, aceleraría cuanto pudiera y se estrellaría contra lo primero que viera, ¿Lo crees así?, Lo creo, amor, Oh, está bien, te creo, pero no te alejes, déjame verlo un poco más, Amor, creo que estoy cansándome un poco de esto, además, ¿cuál es el afán de verlo tanto?, ¿Crees acaso que me gusta?, No, mi vida, pero es que, ¿Es que qué?, Nada, preciosa, ¿Cómo que nada?, tú crees que a mí ese hombre me gusta, No, amor, no lo creo, sólo que, Sólo que qué, por qué me hablas así, ¿Cómo estoy hablándote?, Así, con esa voz media alzada, te conozco, sé lo que estás pensando, estás pensando sí, de poder, esta perra inútil se lanzaría al otro carro y no sólo salvaría al hombre sino que se iría con él y lo cuidaría, esta perra me dejaría en un dos por tres por este tipo suicida a quien, de haber podido, no hubiera mencionado en esta conversación, Qué dices, qué hablas, Lo que oíste, malnacido, eso es lo que exactamente piensas, No entiendo por qué tienes que insultarme y, para dentro, ¡maldita puta!, eso es lo que estaba pensando, leíste mi mente, debería darte un premio, y sabe que dentro de unos segundos, cuando él haga ese silencio que tanto la perturba, ella volverá a sus brazos, como la mascota más tierna de este mundo, pidiendo clemencia, y él se la dará, claro, porque su amor es extenso y sus ganas de matarla se desvanecen en un instante, Está bien, finaliza él para sus adentros, ahora me callo y a esperar… ¿estás lista?

La noche lo contempla yendo descabellado a quién sabe dónde. Ahora el carro ha girado hacia la izquierda y él ha girado también, ¿sabrá alguien cuándo parará esto?, sus sombras se desdibujan mientras atraviesan las calles y nadie sabe de esta historia, ellos recorren la ciudad por sus calles más inútiles, sin ser realmente dueños de nada, inclusive su propia historia deja de tener importancia ahora, inclusive ahora ambos carros parecen ir en direcciones contrarias. El auto fantasma, como ha querido llamarlo Raúl por su terrible fascinación por las historias de horror y desgracias, baja ahora la velocidad, Estamos llegando, piensa entonces, pero no es así en absoluto. El chofer se detiene y Ana busca dentro de su cartera, por entre los papeles y los perfumes, el teléfono, Ahora, por favor, contéstame, amor, te lo pido, o creeré que esta noche se ha convertido, no lo quiera Dios, en la desgracia que tanto temía y por la que, quizá, he enfermado, busca su número en la agenda y espera. Otra vez nada, Siga andando, Regiberto, no se detenga, por favor, y si puede, vaya incluso más rápido, tome otras vías, necesito llegar cuanto antes a la casa de mi prometido, y el chofer, que tanto ha sufrido ya a estas alturas, Yo no sabía que íbamos a casa del señor Raúl, niña, Oh, perdóneme, olvidé decirle adónde íbamos y luego, devolviendo la máquina al bolso, No se preocupe, Regiberto, sólo vaya por este camino y al llegar a la próxima esquina voltee a la derecha, yo le indicaré…

Ahora sí que ya estamos solos, dijo, alzando la voz y nadie lo oía y tal vez ni siquiera él se oía a sí mismo a estas alturas tan desniveladas, la calle a la que hubieron entrado era solitaria y muy oscura, los faroles de luces naranjas se descubrían toscos y malogrados, uno o dos carros, tres a lo mucho, la hacían lucir como esas películas viejas en donde no pasa nada sino hasta el final de la misma y así, como ellas, estaba él ahora, él era una película en donde nada pasa hasta el final, sólo que quién puede decir si este final será importante, si ese carro en verdad no lo conduce alguien, de espaldas a la vida ahora, intentaba ver si la cabeza de alguien se asomaba por encima del asiento pero no importaba mucho porque un niño también podría estar conduciendo con maestría ese auto, O un enano o un perro o el fantasma de alguno de los tres, no sabía por qué pero no se atrevía a aumentar la velocidad para descorrer finalmente el velo ese que lo había convertido a él en una tragedia medieval escrita cuatro siglos después, la duda, para muchos, es un camino diseccionado y la verdad, como es lógico, es el resultado de un trabajo muy de cirujano. Pero, ¿por qué mis padres y no Ana? Tal vez eso signifique algo, aunque no sé si signifique algo realmente y ya realmente no quiero pensar en eso o en algo, sin embargo cada vez se le hacía más difícil obviar el intrigante símbolo de su familia y, sobre todo, aquel de la muerte que tanto le petrificaba. ¿O será mi trabajo, mi ascenso?, reflexionó de pronto, y se le hizo un nudo en la garganta porque él había dicho siempre que, nunca, aquello interferiría en su búsqueda de la felicidad, Pero lo ha hecho, sí, y la he jodido como nunca con Ana, ¿será posible que comprendas algún día mi error, vida mía?, Ana aparecía entonces como un fantasma adolorido sin prisa y al que habría que excusarle los errores sin realmente hacerlo, Ana, ya ni sé adónde voy, sollozó al fin y sus palabras sonaron incluso más trágicas en esa burbuja de sometimiento en que se hallaba, mientras su cabeza parecía caer hasta el infierno, sobrepasando las calientes estructuras del automóvil que, de haber podido hacerlo, hubiera estrellado en aquel preciso instante contra cualquier objeto, un perro o contra el viento de ser posible, y entonces el auto ese se detuvo sin que él tuviera tiempo de verlo porque, para cuando éste ya hubo alcanzado un ángulo imposible de visión, Raúl se alejaba ya sin quererlo y estaba ya muy lejos, alzando la cara de nuevo, sólo que esta vez con lágrimas sobre sus pálidas mejillas y ¿en dónde me encuentro?, ¿Ana?, el teléfono, dónde está el teléfono…

Pero Ana ya no contestaría porque

Escrito por Alberto Villar Campos @ 4:25 p. m., ,


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    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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